Raíces de dolor

Raíces de dolor

CarlosLens

Acaba de ver la luz la quinta novela de Carlos Lens, titulada Raíces de dolor y aprovecho esta ventana que me ofrece Panacea para compartir algunas reflexiones sobre ella.

La primera es sobre la sorprendente capacidad creativa de los últimos años de un autor que precisamente está inmerso en una gran exigencia profesional. Lens ha dicho ya en público que la tensión del trabajo no perjudica su actividad literaria sino que la estimula.

La segunda es sobre el asunto escogido en esta ocasión, la tragedia del holocausto, “la zona de interés”, según la expresión que los nazis utilizaban para referirse a Auschwitz y su entorno. “Es un tema tan doloroso que me costará animarme a leerlo”, me dijo algún amigo. Yo creo que este es un prejuicio lógico y que tienen razón quienes lo formulan pero ya veremos cómo la estructura escogida, amortigua esta situación.

No se edulcoran los hechos, desde luego, pero conociendo su dolor –ese dolor que otorga nombre a la novela- el autor nos propone hasta tres planos temporales distintos; uno sobre los acontecimientos que se enfocan, en el tiempo de la segunda guerra mundial. El segundo en la década de los setenta cuando los protagonistas indagan sobre el comportamiento de un familiar alemán que perteneció a las “SS” y el tercero, como ocurre en toda escritura naturalmente, el plano de nosotros los lectores, tan pronto como empecemos a leer. Este plano ahora se corresponde con 2014 pero para el lector que acuda a la cita, también para las próximas generaciones, será distinto y es que no solo la escritura responde a un hecho temporal, sino que también lo hace la lectura.

En todo caso, lo reconozco, el libro nos enfrenta con las raíces del dolor, que son precisamente las raíces del mal.

Fiel a sí mismo, Carlos se esfuerza por evitar la arbitrariedad y por ofrecer una vez más los hechos apoyados en referencias concretas, de manera que casi la parte de ficción del primer plano queda oculta.

Su oficio de narrador se ha ido puliendo sin abandonar la sobriedad habitual. Diríamos que escribe con mucha paciencia, la relativa paciencia de la ansiedad, para buscar continuamente en las fuentes y tratar de atenerse a ellas. Pero todo escritor también es un fabulador y cree que la realidad es inferior a su propia imagen. A Carlos la historia le parece tan fascinante que casi le cuesta completarla con la invención.

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Al abordar el segundo plano, el de la pareja de hermanos que afrontan la aventura de buscar la responsabilidad de su pariente, el autor puede imaginar más e introducir elementos nuevos en el relato. Elementos que pertenecen, me parece a mí a dos escuelas principales: la costumbrista y la novela de intriga.

Para reforzar la sensación de realismo, nos encontraremos de nuevo con personajes reales según su circunstancia del correspondiente plano temporal. Veremos la actuación de un jovencísimo farmacólogo de hospital, nuestro compañero Alfonso Moreno que interviene en una urgencia médica. Se rendirá también homenaje a Ángel Sanz Briz, el llamado ángel de Budapest, cuyos oficios salvaron a miles de judíos y que hoy está reconocido como justo entre las naciones. He aquí el bien, muchas veces peor documentado que el lacerante mal que no podemos comprender.

El aprendizaje más difícil que nos corresponde hacer como seres humanos es no perder la responsabilidad ni acallar los imperativos éticos que resuenan en nuestro interior. En esta historia como en tantas otras, hubo gentes que superaron el miedo y supieron resistirse y hacer lo que estuvo en su mano para proteger a los perseguidos.

En nuestra sociedad, el problema del mal se presenta a menudo como difícil de aislar netamente y por ello difícil de combatir pero me parece que si hay algo que está bien apegado en el fondo de cada una de nuestras conciencias es el concepto del bien, con premisas tan claras y sencillas como la de no hacer a los demás lo que no queramos que nos hagan a nosotros o la de que todos los hombres somos dignos de la misma consideración y respeto. Suspiremos por mantener estas fuerzas interiores que nos capacitan, al volver a casa, para vencer toda fatiga.

Por eso Goethe pensaba que el concepto “hombre” no admitía plural, pues la humanidad si no se concreta, carece de sentido. La novela consiste en escribir por lo tanto sobre personas que gozan y sufren, que buscan y preguntan y a los que les ocurren cosas muchas veces infortunadas. Los lectores estamos invitados a identificarnos con algunos de estos personajes, no solo para vivir así mejor el libro y disfrutarlo sino también para mejorar con él.

Recuerdo ahora una frase clarificadora que Chesterton pone en boca de un personaje hacia el final de su novela El hombre que fue jueves: El mal es tan malo que junto a él, el bien parece un accidente, pero el bien es tan bueno que junto a él, incluso el mal puede explicarse.

noviembre 2017
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