Opinión

Mejor no hablar

Carlos Lens

Carlos LensEl siglo XXI arrancó con grandes ilusiones. Es probable que en los inicios de las centurias precedentes sucediera algo parecido pero, lamentablemente, no existían hemerotecas antes del siglo XX, por lo que nuestra memoria está limitada en lo referente a qué pensaba el común de los mortales cuando el calendario dejaba atrás los dos ceros finales en la numeración del año.

Atrás quedan calificativos como el Siglo de las Luces, el Siglo de Oro o el Siglo de las Revoluciones. No figura ningún apelativo similar para el siglo XX, que bien podría haber sido denominado el Siglo del Fútboll, o de la Penicilina, o de los Genocidios o del Poder Nuclear. Han sucedido tantas cosas en el último siglo que nungún calificativo haría honor a cuanto la Humanidad ha hecho en esos cien años.

Dada la aceleración de los procesos humanos o generados por el hombre, a menudo contradictorios pero siempre vertebrados y concatenados, sería esperable que el siglo XXI discurriese por sendas cada vez más sofisticadas y benéficas. Se estaría así en el Siglo de la Mejora Continua o en el Siglo de la Superación. Es altamente probable que así suceda si el ser humano es capaz de dejar atrás las lacras del individualismo y, además de asumirlos, poner de una vez en marcha los motores de la superación del sinnúmero de obstáculos que él mismo pone ante sí cada día. Sí, sería interesante que el siglo XXI fuera bautizado como el Siglo de la Superación. Freud y Jung se agitarían en sus tumbas y reivindicarían cambiar superación por sublimación y recordarían que estos conceptos figuraron en sus obras.

Para llegar tan lejos va a ser necesario algo más que palabras. Ningún profesional de la comunicación lo aceptará públicamente pero el Siglo de la Difusión de las Mentiras ha sido el siglo XX. El análisis y la evaluación de cuánto ha pagado la Humanidad por las falsedades vertidas en los medios de comunicación no figura entre las prioridades de ninguna cátedra de Ciencias Políticas ni de Ciencias de la Información. Existen tesis doctorales sobre el eufemismo desinformación que casi se atreven a abordar de frente el reto pero termina imperando el corporativismo o la mano izquierda y las conclusiones quedan trufadas de toda clase de explicaciones sobre cómo y por qué se aupó Hitler al poder, o por qué la ideología comunista, creada para aliviar las condiciones de vida de grandes masas de población dio paso a las dictaduras más sanguinarias de la Historia.

La desinformación, ese conjunto de técnicas desarrolladas para que las masas reciban el mensaje que les conviene a los gobernantes o a las élites que detentan el poder económico, está detrás de los fenómenos políticos que han cursado con involución o grandes tragedias en el siglo XX. Es triste que en la centuria en que se han registrado mayores avances científicos y tecnológicos desde qye el Homo sapiens dio el primer paso sea la misma en que se constituye un cuarto poder y que el ejercicio de éste se acompaña con hitos tan poco recomendables como el apoyo a los regímenes totalitarios. Es mejor no hablar de ello, según se ha dicho en no pocas ocasiones, so pena de incurrir en las iras de los poderes fácticos.

Poniendo el foco sobre la Historia reciente el fenómeno se repite con inquietante frecuencia. Algunos pueblos se rebelan contra los resultados de las crisis económicas o las relocalizaciones de la riqueza por efecto de la globalización y buscan remedio donde no los hay. Una rápida mirada a esos pueblos y la inevitable comparación de cuál era su nivel de riqueza relativa hace treinta años y la actual demuestra de modo indiscutible que han empeorado y, peor aún, han destruido las instituciones que son fuente de futuro. Un segundo análisis de esas sociedades muestra un sistema de comunicación centralizado y censurado hasta el extremo, de modo que los flujos de información respondan mayoritariamente –la exclusividad es imposible- a intereses oligárquicos. En esos países no es que sea mejor no hablar. Sencillamente, no se habla.

Cuando el individuo se enfrenta a la mesa donde se exponen las opciones políticas a la entrada del colegio electoral debería dedicar unos segundos a la reflexión, especialmente si pertenece a las capas desfavorecidas que han sacudido el desempleo y los recortes del Estado de Bienestar. Reaccionar contra los que respetan los mecanismos democráticos puede abrir la puerta a los políticos dispuestos a todo con tal de llegar al poder. Hitler fue uno de los primeros pero muchos le han seguido y no pocos han tenido éxito. A esos votantes exaltados por el infortunio imperante en sus entornos hay que pedirles reflextón pero, para ello, necesitan ante todo ser informados. Sería mejor tener conocimiento pero de este asunto es mejor no hablar

¿Están dispuestos los medios de comunicación del siglo XXI a ejercer de una vez su labor con fundamento ético o seguirán practicando ese mejor no hablar que está detrás de tantos fenómenos de involución en nuestro pasado reciente?

Es difícil sustraerse a las seducciones del poder establecido y el ejercicio de la comunicación no es ajeno a influencias. Lo mismo ha sucedido en innumerables ocasiones a lo largo de la Historia. Cuando el ejército cartaginés avistó los Alpes, tras atravesar la Galia Transalpina, Mahárbal preguntó a Aníbal cómo podrían atravesar tan imponente obstáculo. El general, sin inmutarse, respondió a su lugarteniente: – Si hay caminos, Mahárbal, los encontraremos. Si no existen, los construiremos nosotros. Aníbal no fue el primero en arrostrar lo que parecía imposible pero fue reconocido por la Historia. Los romanos, sus enemigos inclemente, erigieron estatuas en su memoria a pesar de que le persiguieron por todo el Mediterráneo hasta que pereció, acosado, en la costa del Mar Negro. Roma sabía que su supervivencia dependía de factores muy simples. Sus enemigos eran perseguidos y destruidos mientras que sus instituciones crecían y se fortalecían. La cultura cristiana debe mucho a Roma, lo que es tanto como decir que la cultura que innova y mejora, arrastrando a la Humanidad a logros difíciles de predecir hace cien años, tiene profundas raíces romanas.

¿Qué habría hecho Roma ante la desinformación?

Probablemente la labor informativa habría sido recogida en los códigos legales y las acciones en contra de los principios del Derecho romano que le fueran aplicables habrían sido severamente penadas. Se habrían acuñado numerosas frases para proteger la veracitas y no pocos de ellos habrían pasado al Derecho contemporáneo como principios del Derecho y, por tanto, como fuentes de la legalidad.

En Roma no habría tenido cabida el prudente adagio mejor no hablar. Senadores, tribunos y cónsules, prohombres formados en la lex, aplicarían duramente los preceptos en contra de la desinformación y en sus procesos de decisión no tendrían valor excusas tales como la urgencia de informar redunda en menor calidad del mensaje.

Todos los sectores de la vida experimentan los nefastos resultados de la desinformación y de las falsedades vertidas en no pocos medios. Los más estentóreos son los que se refieren a la Política pero, si se espiga un poco, se hallan ejemplos en cualquier sitio. De poco sirven los códigos estrictos que se aplican a la Biomedicina del siglo XXI si continuamente asistimos a situaciones en que se pretende saltarse los rigurosos procedimientos acuñados durante medio siglo para defender la Salud Pública con fines espúreos. Una hábil –y onerosa- campaña de comunicación puede permitir saltarse las barreras e introducir en Terapéutica modalidades de tratamiento insuficientemente investigadas y que, por tanto, comportan riesgos desconocidos para la salud de los ciudadanos. El elemento básico en esta estrategia es ofrecer esperanza en el plano público. Es mejor no hablar de cuanto subyace y los profesionales de la comunicación parecen desconocer.

Como siempre en democracia, es mejor hablar de todo. Las sociedades pujantes, aquellas en que los controles de inmigración son más estrictos, no cambian la mirada ante los desafíos. Esa es la clave del ascenso en la pirámide del éxito social. Mejor debatir sobre todo y agotar cada tema.

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