Garantes de un tesoro o el quehacer de la oficina de farmacia

Garantes de un tesoro o el quehacer de la oficina de farmacia

Pedro Caballero-Infante

Pedro Caballero-Infante Perales

Siempre hubo clases. Desde el plebeyo al burgués hasta la fea y la guapa pasando por la que, por desgracia nos separa más, y que no es otra que la del pobre y el rico. En la profesión farmacéutica, aunque el vulgo la ha querido homologar como clase rica, siempre ha habido, por el contrario, farmacéuticos ricos y boticarios pobres.

He escrito infinidad de veces que, hasta dentro de la propia profesión, se ha utilizado una expresión que confundía valor con precio. Esta era, y sigue siendo, la que aprecia al farmacéutico no por su valía y conocimientos, sino por lo mucho que vende su Farmacia.

«¿Pepe?. Ese es un boticario fenomenal. No sabe qué hacer con el dinero. ¿No ves que tiene su Farmacia a cinco metros del ambulatorio?. Con decirte que tiene diez mancebos y tres adjuntos, con esto basta para que te hagas una idea».

La contradicción es que el boticario pobre con poca clientela, y no quiero decir que el «rico» no lo haga aunque lo dude ya que puede delegar en otros, atiende personalmente al paciente con más dedicación ya que el tiempo le sobra y está solo. ¡Paradojas de la vida!.

Se contaba que un hombre menesteroso pasaba todos los días por el escaparate de una administración de loterías y con una moneda de un euro repicaba en el cristal repitiendo siempre la misma frase: «El dinero llama al dinero». Cierto día se le resbaló la moneda que se introdujo por la rendija de la fachada y el cristal. Absorto y sorprendido replicó: «¡Coño, será el grande el que llama al chico!».

Metáfora de la clase farmacéutica:

Este chascarrillo es la metáfora de lo que intento escribir aplicado a la clase farmacéutica. Grandes farmacias eran visitadas por comerciales de la industria farmacéutica que proponían pedidos directos de medicamentos que, saltándose a la distribución, ofrecían productos éticos con unas condiciones económicas que hacían que el rico, que se podía permitir aceptar estas ofertas, se hiciese aún más rico. Campañas invernales en las que los antigripales se dispensaban por cientos en una buena botica al igual que antihistamínicos para la época primaveral, eran el pan nuestro de cada día en este mundo injusto de la riqueza y la pobreza.

También la distribución, a la que siempre elogio, ponía su granito de arena para mayor beneficio del rico puesto que, ante una escasez de determinado medicamento, los primeros que eran atendidos hasta agotar existencias eran, y siguen siendo, los mejores clientes; en este caso, los que más fármacos compraban.

Ahora, y hago un inciso, no sé si con lo de las subastas de Andalucía seguirá ocurriendo o es tal el caos producido por esta medida que ya algunos productos no se están sirviendo en cantidad suficiente ni para los ricos.

Esto que vengo escribiendo no deja de ser algo tan usual, por desgracia, como lo es el mercado puro y duro y luchar contra él es como intentar ser inmortal. Porque, aunque cada vez sea más escasa, siempre ha existido y existe esa maravillosa palabra que es la solidaridad, gracias a ella una farmacia pequeña siempre tenía a un compañero que, ante el desabastecimiento de un medicamento, se lo cedía para no perder al paciente fiel y, obviamente, necesitado. De esta forma el enfermo, que es nuestro objetivo primordial, no quedaba desamparado ante su enfermedad puesto que de no existir esta solidaridad siempre podía acudir a una farmacia inmediata para adquirir el medicamento prescrito.

“El papel fundamental de la oficina de farmacia, hacer llegar los medicamentos a los pacientes, es visto desde la óptica propia de quien advierte adherencias extrañas a tal quehacer.”

Nocturnidad y alevosía:

Pero otra cosa es actuar con nocturnidad y alevosía y es el caso que me ocupa. Un laboratorio, concretamente UCB Pharma, está practicando una estrategia a todas luces malvada. Esta empresa comercializa dos fármacos para el tratamiento de la epilepsia, únicos en el mercado, que son a saber: Keppra y Vimpat, y aprovechando que en la Comunidad Valenciana, como en otras, el pago de las recetas por parte de sus Consejerías de Salud siguen demorándose con la consiguiente crisis económica de las oficinas de Farmacia, están vendiendo directa y selectivamente a determinadas farmacias de la región estos medicamentos.

“En la actualidad, aunque absorbidos en su mayoría por multinacionales, existen preparados, ya industriales, que se crearon en las reboticas de farmacias primitivas”.

A saber: 23 farmacias de Alicante, 21 en Valencia y 5 de Castellón. ¿Por qué a estas y en tan escaso número se preguntará el lector?. La respuesta es tan simple como dura e injusta: porque la contraprestación a esta «exclusividad» se basa en que exigen el pago a los quince días de la facturación. No quiero entrar en la ética de estas Farmacias que han aceptado tan insólita oferta pero sí, de antemano, las acuso de insolidaridad y no sólo porque esta aceptación hunde más a la Farmacia modesta, sino porque revierte negativamente en, como he escrito antes, el sujeto primordial de nuestra profesión que es el enfermo.

Y es que no olvidemos que, aunque el «negocio es el negocio», en el caso del mundo del medicamento no estamos hablando de la carencia, eventual, de sardinas que pueden sustituirse por jureles, sino de productos que sirven para salvar vidas o, en su defecto, paliar enfermedades o curarlas.

Papel del farmacéutico:

Esto que, en el caso de los medicamentos huérfanos, roza lo cruel, es algo que la opinión pública olvida. El farmacéutico no es un comerciante que merque con productos prescindibles y en muchos casos no inmediatamente necesarios, sino con fármacos que juegan un papel vital en los seres humanos.

No olvidemos el papel que jugaron los farmacéuticos en la incivil guerra que sufrió nuestro país en los lejanos años treinta del pasado siglo. En uno y otro bando los boticarios se las ingeniaron para preparar, con escasos recursos, fórmulas magistrales que salvaron muchas vidas de combatientes en los distintos frentes. Aún en la actualidad, aunque absorbidos en su mayoría por multinacionales, existen preparados, ya industriales, que se crearon en las reboticas de farmacias primitivas que demostraron, como escribo más arriba, la «valía» del boticario auténtico con conocimientos suficientes para que, con el tiempo, sus preparados alcanzasen el rango de fármacos aún vigentes.

Magmas, mixturas, lociones y pomadas fueron la génesis de lo que hoy no se valora suficientemente sino, por el contrario, la sociedad las considera una cosa más en la bolsa de la compra.

Tras este esbozo de «memoria histórica», ¿cómo es posible que intereses puramente económicos y mercantiles obvien el desamparo de enfermos que, por lo escrito, necesiten de una forma vital «su» medicamento?.

De esta forma han conseguido, por puro afán de lucro, que el medicamento sea una mercancía que por desgracia muchos boticarios aceptan sin querer saber, dudo que sea por ignorancia, que son depositarios de un tesoro para la salud y la calidad de vida.

*Artículo cedido gracias a la gentileza de Acta Sanitaria y Carlos Nicolás.

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