El Greco y Santa Teresa

Un Centenario detrás de otro. El Greco y Santa Teresa

José María Martín del Castillo

José M.ª Martín del Castillo

En este año que camina hacia su fin estamos celebrando el cuarto centenario de la muerte de el Greco, acaecida en 1614 en Toledo, y el año que viene celebraremos el quinto centenario del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada, acontecido en 1515, en Ávila.

Transcurridos todos estos años, el diálogo sobre la posible participación del misticismo español del siglo XVI en el cambio que en 1577 se produjo en la pintura de Domenico Teheotocopulos, nacido en Creta en 1541 y que se traslado a España en el citado año de 1577, buscando el mecenazgo del rey Felipe II, sigue vigente.

Cabe empezar diciendo que el primer español que afrontó estas cuestiones tras el redescubrimiento de el Greco a finales del s. XIX fue Manuel Bartolomé COSSÍO en su libro “El Greco”, publicado en 1908, que constituye el primer estudio histórico serio, fiable e informativo sobre el artista, presentando la obra del autor como quintaesencia del espíritu español y en la que dice del pintor que su génesis es bizantina, su formación italiana y que se ahormó tan ajustadamente en Castilla, hasta llegar a ser su mejor hermeneuta y el primer nombre en el tiempo entre los maestros españoles. COSSÍO asoció la transformación artística de nuestro protagonista con los valores eternos de la cultura y de la historia española. No sólo fue innovador en estos planteamientos, sino que abordó la relación entre el pintor y los místicos españoles de la época, pues nadie antes que él se planteó esta relación, en especial con Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz; y no hay que olvidar que el misticismo era considerado como una de las manifestaciones más importantes y definitoria del peculiar espíritu español.

BARRÉS atribuía a la obra de El Greco precisamente este misticismo típicamente español, considerando que sus cuadros completaban los tratados de Santa Teresa de Jesús y los poemas de San Juan de la Cruz; presentando la cuestión como una contraposición entre este misticismo y el humanismo italiano.

Es cierto que este cambio en la concepción de su pintura supuso un paulatino alejamiento del naturalismo renacentista, para llegar a lo que UNAMUNO definió más tarde como “naturalismo espiritual”, en oposición al “naturalismo ideal”, en el que influyó el ambiente toledano que encontró a su llegada, que como el de toda España, estaba impregnado de una profunda espiritualidad; hasta el punto que BROWN opina que le llevó a una posición de visionario y místico, donde la mente y el corazón podían encontrar refugio.

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Teresa, 16 años mayor que él, estuvo en Toledo en varias ocasiones. La primera en 1562 por un periodo de seis meses, por obediencia a su provincial, para consolar a D.ª Luisa de la Cerda en su reciente viudez y alojándose en su casa-palacio, hoy sede de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Posteriormente regreso a la ciudad en 1568, 1570, 1579 y entre 1580 y 1581. Sin embargo, permaneció en la ciudad un año entre junio de 1576 y 1577.

La reformadora del Carmelo tuvo que afrontar diversas vicisitudes, tuvo que hacer frente a todo tipo de dificultades, incluso a injustas penas como fue ésta de retirarse a un monasterio de su elección, eligiendo el de Toledo fundado en 1569, por lo que la tenemos de nuevo en la ciudad en 1576, de manera que la personalidad más reveladora del florecimiento místico de España vivió en Toledo en los meses en los que habría empezado a producirse el cambio en el gran renovador del arte pictórico. Esta curiosa coincidencia ha puesto en boca de los historiadores estas insistentes preguntas: ¿se conocieron la renovadora de experiencias religiosas y el renovador del arte pictórico? ¿se influenciaron recíprocamente?

Opiniones hay para todos los gustos, pero dudo que tal posible encuentro se hubiese producido, a pesar de que durante algún tiempo ambos trabajaron en la misma ciudad, pues de haber tenido lugar, teniendo en cuenta la forma de ser de la Santa, tal encuentro hubiera sido plasmado en cualquiera de sus escritos, especialmente en su rico y abundante epistolario, salvo que se hubiera perdido como parece que así ha ocurrido con la mayoría de él.

Puede parecer curiosa la falta de noticias sobre un conocimiento directo entre la mística y el pintor. Sin embargo, hasta la fecha no se han encontrado pruebas al respecto, aunque se siguen llevando a cabo concienzudas investigaciones. Continuar con ellas en todos los lugares y alrededor de todas las personas que Teresa y el Greco conocieron, podría conducir a qué lecturas, qué referencias y qué amistades hubieran podido constituir el nexo de unión o hilo de transmisión, hubieran hecho posible esta comunicación entre las dos personalidades, y que hubieran podido facilitar un intercambio de ideas y criterios sobre sus respectivos ideales. Aún si los esfuerzos resultaran negativos, la investigación orientada a verificar la existencia de contactos directos, quizá podría llevar al menos al apreciable resultado de localizar posibilidades y, a lo mejor, a la existencia misma de contactos indirectos.

Para quien considera la existencia de un cierto grado de convergencia ideal y hasta espiritual entre nuestros protagonistas, pruebas de contactos indirectos no parecen ser necesarios, pero serían útiles para un más claro conocimiento de páginas, por demás importantes, de la historia cultural, religiosa y artística de España principalmente, pero también de una Europa que avanzaba en su andadura por la Edad Moderna.

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Sin embargo, si parece apreciarse una cierta convergencia, que deja la puerta abierta a los cronistas dedicados a la reconstrucción del curso de la historia, para seguir teorizando y establecer hipótesis sobre la influencia de la mística española en el artista cretense, dejando a un lado aquellos temas de inspiración evangélica en los que se detuvieron tanto los pinceles del pintor como la pluma de la escritora. Así, María, exaltada por Teresa en sus escritos e incluso en la acción de gobierno de sus Carmelos, es también el centro de la actividad pictórica de el Greco. La Anunciación del saludo, la Dolorosa de las crucifixiones, la Iluminada de Pentecostés, la Santificada de la Trinidad, la Coronada de las Coronaciones.

Teresa era amiga de tener delante representaciones que hicieran devoción para mantenerse en presencia de Dios, de lo que deja testimonio en sus escritos y así es declarado en por personas que la conocieron, en particular monjas de sus conventos, en los procesos de beatificación y canonización.

Muchas son las pinturas de el Greco dedicadas a momentos de la vida de Cristo, que coinciden con idénticos momentos considerados por Teresa. Ella, después de haber visto al Señor cubierto de llagas y afligido amó la cruz, la abrazó y la deseó. Estas palabras del libro de la Vida recuerdan un momento decisivo de la consagración de Teresa, pero al mismo tiempo recuerdan el cuadro de El Greco en el que Cristo abraza la Cruz.

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UNAMUNO, de nuevo, dice que los cuadros de el Greco parecen “visiones, sueños de lo natural, más que copias o versiones de éste”. Esta afirmación bien podría confirmar la novedad del cambio toledano de el Greco y acerca sus pinturas a las visiones descritas por Santa Teresa.

La cima de la convergencia entre los ideales de Teresa y las pinturas de El Greco se podría pensar que se ha alcanzado en el cuadro de la Coronación de la Virgen, que se encuentra en el hospital de Nuestra Señora de la Caridad en Illescas. Este cuadro se inspira tanto en la visión intelectual de las tres personas de la Santísima Trinidad, que describe la abulense en la Séptima Morada del Castillo Interior[1], como en la otra visión relativa a la solemne acogida reservada en los cielos a la Asunción y que la Santa describe en el capítulo 39 del libro de su Vida[2].

En la Asunción de el Greco[3], actualmente en el museo del Prado, EIZENSTEIN encuentra el eco de otra visión de la Santa descrita en el citado capítulo 39 del libro de su Vida, dedicado a las grandes mercedes que le ha hecho el Señor, cuando al final del mismo describe la visión[4].

Además de las convergencias de composición y de forma, como las que se han señalado brevemente, se han vertido hipótesis con otra más en lo que respecta a los colores.

Otro punto de hipotéticas convergencias es el de los temas. La predilección de Teresa por San José está en los orígenes del cuadro que, hacia finales del siglo XVI, fallecida ya la Santa, pinta el Greco para la capilla de aquellos Ramírez que promovieron la fundación de un Carmelo en Toledo. Cuadro que por muchos aspectos compositivos y cromáticos, ha terminado no sólo por aclarar algunas elecciones del pintor, sino confirmar seguras afinidades espirituales entre el artista de Creta y la Santa de Ávila.

MARAÑÓN ha creído poder sostener que el pintor “tuvo conciencia de no haber llegado a expresar el misterio de su fervor con la plenitud que soñaba”. Y agrega: “los cuadros (especialmente los de la última época) son señales desesperadas para entenderse con Dios”.

Justamente es este anhelo el que demostraría que, al menos en las aspiraciones hubo convergencia espiritual entre el Greco y la Santa.

Por lo que se refiere a la cuestión debatida y que pretendo desarrollar, aunque sea brevemente en este acto, la influencia directa de Teresa de Ávila en la evolución de el Greco, pueden diferenciarse tres opiniones claramente distintas. La primera, representada por un grupo que se ha limitado a recordar que el movimiento espiritual que sostenía Santa Teresa Y San Juan de la Cruz, contribuyó, pero sólo indirectamente, a alentar el cambio toledano de el Greco. La segunda, constituida por otro grupo, sin disminuir las características de este cambio, ha terminado por admitir que en su formación participó la espiritualidad teresiana. Y una tercera, formada por un grupo de estudiosos, especialmente de la familia carmelita, ha sostenido abiertamente como indiscutible la convergencia ideal entre los escritos de Teresa y las pinturas de el Greco.

Para explicar esta división, parece como si se partiera de una confrontación, por otro lado innecesaria, entre un buen conocimiento de la obra pictórica del artista y, por el contrario, un conocimiento superficial de los escritos de la Santa; o una fidelidad a las ideas teresianas particularmente acentuada en quienes sostienen solamente como indiscutible la convergencia ideal entre uno y otra.

Si los defensores de la primera y segunda de las posturas citadas no hubieran soslayado la necesidad de basar la confrontación entre las obras de las dos grandes figuras más que en la atenta consideración de las pinturas de los cuadros de una de ellas, relegando la atenta y detenida lectura de los escritos de la otra, habrían terminado por concordar casi todos en la conclusión de que terminaron por llegar a una gran convergencia espiritual, por la importancia dada en las respectivas obras al objetivo evocador que habían escogido, así como la importancia instrumental dada a la luz, nitidez de los colores, esencialidad de las formas para alcanzar ese objetivo, Teresa en las visiones y el Greco en las representaciones.

Ha habido, incluso, autores como MARIAS Y BUSTAMANTE que sostienen la postura de que el pintor no elegía los motivos místicos, sino que estos se los imponía una clientela religiosa, clientela que, naturalmente, le exigía una temática acorde con las corrientes piadosas del momento. Pero estos temas no eran adecuados al sentido religioso del artista. Les parece que al Greco le interesaba poco el “decorado” religioso y que, por el contrario, su preocupación se centraba en los problemas formales de composición de sus cuadros.

La mayoría de los investigadores rechaza posiciones tan extremas como la expuesta, e interpreta la obra del pintor desde una perspectiva más amplia, lo que abre un interesante campo de observación, vinculándola a los movimientos espirituales y al clima religioso de la época de la Contrarreforma y, ante todo, al humanismo cristiano, atribuyendo la exaltación religiosa del pintor a la estética espiritual del manierismo.

RAGGIANTI, en su libro “El periplo de El Greco” es, sin embargo, de la opinión que el cambio que se produjo en la expresión artística del cretense, se debe meramente al hecho de encontrarse dentro de una sociedad, que por cultura, ascetismo y riqueza podía ofrecerle una importante ventaja, una posición valiosa para dar cumplida prueba de su plena madurez artística.

Aún contando con las muchas exageraciones de este punto de vista, es necesario reconocer que tanto los místicos españoles como el Greco eran fruto de un clima común, que se manifiesta en la semejanza de las formas, las ideas y el lenguaje.

HATZFELD llega a la conclusión de que el arte del cretense experimentó la influencia de la Gran Santa de Ávila, aunque considera que aquél realizó una interpretación libre de la misma. Sin duda sería exagerado y constituiría un despropósito afirmar, con él, que determinados textos teresianos permiten descifrar algunos secretos de el Greco. Aún así, existen puntos de analogía entre la obra del pintor y de los místicos. La analogía en el sistema metafórico de los cuadros de el Greco, en los que presentó fenómenos religiosos de la realidad suprasensible, y los símbolos de los místicos que expresaban su experiencia sobrehumana en el conocimiento de los misterios Divinos está fundada.

Conviene decir también que no se puede juzgar con absoluta e incontestable certeza cuán hondo era el conocimiento de la doctrina mística del maestro toledano, pues la influencia de los místicos no era directa sino que se manifestó a través de diversas influencias, bastante lejanas de la mística propiamente dicha. Pero como Américo CASTRO, en su obra “Teresa la Santa y otros ensayos” ha señalado: “…ascetas, pietistas, alumbrados, erasmistas y místicos están bañados por la misma ola, por la tendencia a afirmar su conciencia religiosa, en forma autónoma e individual.

Debo concluir estas líneas, y lo hago compartiendo la opinión de que la obra de El Greco es fruto del mismo clima de la época, de una mentalidad cercana a la de los grandes místicos, en tanto que el misticismo impregnaba el peculiar carácter español en aquel momento, del que no pudo ni quiso abstraerse, sino que se nutrió de él para legarnos una obra grandiosa, cuya creación fue fruto indudable de esta relación.

Bibliografía:

 [1] 7ª M. I.7.

 [2] “…Decir cómo fue esto, yo no sabría. Fue grandísima la gloria que mi espíritu tuvo de ver tanta gloria. Quedé con grandes efectos, y aprovechóme para desear más pasar grandes trabajos, y quedóme gran deseo de servir a esta Señora, pues tanto mereció”. V. 39.26.

 [3] También conocido por la Inmaculada.

 [4] “Un día de la Asunción de la Reina de los Ángeles y Señora nuestra, me quiso el Señor hacer esta merced, que en un arrobamiento se me presentó su subida al cielo, el alegría y solemnidad con que fue recibida, y el lugar a donde está”. V. 39.26.

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