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La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de la Viruela (1803-1813). Un proyecto médico-sanitario español en el umbral demográfico contemporáneo. Grupo de Investigación de la Frontera Global. Univ. de Alcalá

Alejandro R. Diez Torre

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En un tema tan de actualidad por desgracia, como el de la propagación de epidemias, así como su necesaria contención o sus estragos en el sistema sanitario, un proyecto español como la Expedición Balmis para la vacuna preventiva contra la viruela a comienzos del s. XIX, además de demostrar la sensibilidad y la madurez científico-sanitaria, de hace más de dos siglos en España y en el Imperio hispánico (aunque en el umbral de su disolución, abarcado territorios de: España, puntos de África, extensas tierras de América y archipiélagos del Pacífico), fue una empresa —y un esfuerzo— global con gran adelanto a su tiempo, quedando injustamente relegada. Aunque aquella expedición de inmunización de la viruela no haya tenido, desde el inicio de la Edad Contemporánea, la divulgación y proyección de la importancia de otros eventos, nuevamente las contribuciones españolas a los problemas mundiales han quedado soterradas largo tiempo, pese a un número de lecciones como ésta, imprescindibles de recrear desde el pasado. La Expedición científica conocida como la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna de la Viruela, o Expedición Balmis (por el Dr. Francisco Xavier de AlejandroDiezTorreArticulo1Balmis, quien fue encargado de la dirección del proyecto), durante diez años —entre 1803 y 1813— desarrolló un proyecto medico-sanitario de inmunización a escala intercontinental, anticipándose a otros proyectos globales en el mundo contemporáneo. Y constituye un fenómeno, aunque conocido y estudiado a grandes rasgos, no suficientemente investigado desde múltiples archivos locales, provinciales y nacionales de las antiguas posesiones del Imperio español en diversos continentes; además de ser una epopeya médico sanitaria no suficientemente divulgada en nuestras sociedades “globalizadas”.

Un proyecto arriesgado, articulado por una administración eficaz:

Este proyecto hispánico fue de hecho el primer esfuerzo científico e institucional, que se conozca con estas dimensiones frente a una propagación del vacilo de la viruela en la intervención frente a una epidemia letal y aterradora: en cuanto a su incidencia de mortalidad y en los supervivientes, el deterioro biológico (lesiones, ceguera, desfiguraciones) y el impacto adverso en demografías expansivas, como entonces era la europea y en otro nivel la hispanoamericana. El proyecto expedicionario supuso una generalización de la vacuna y su uso sistemático, como un primer intento de carácter masivo, para la contención de una epidemia y la introducción de inmunizaciones programadas en las poblaciones. Toda una epopeya científica ésta y un antecedente médico-sanitario, que dice mucho de la preparación hispana, con organización y control meticuloso, para solucionar cuestiones todavía actuales e importantes, como: la contención masiva de la propagación incontrolada de contagios y otras cuestiones, como la profesionalización de la salud pública, las transferencias de tecnología, la protección de asuntos de investigación, o la evaluación de la eficacia de vacunación, el registro meticuloso de datos, de la seguridad sanitaria y sus costes.

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Hay que decir ante todo, que aquel proyecto podría haber naufragado o encallado, de no tener como dispuso el Imperio hispánico un bagaje previo de más de 50 años, de experiencias y de organización de equipos de expertos científicos y gestores coloniales, fomentadas a través de expediciones científicas transatlánticas, que permitieron al Estado borbónico disponer con anterioridad y en los primeros años de aquel siglo XIX, de suficientes iniciativas, cuadros y previsiones materiales, técnicas, y de pericia geográfica, social e institucional.[1].Por lo que cuando se preparó la Expedición que debía llevar por mares y tierras reserva continua de linfa de vacuna, para la inoculación masiva en poblaciones de tres continentes, el proyecto estaba maduro para que fuese sistemático, garantizado y eficaz. Y fue un plan en el que se pusieron a trabajar, desde al menos tres años antes, las Secretarías de Estado, el Consejo de Indias, la Armada y las distintas administraciones virreinales y coloniales; y que supuso en movimiento transatlántico y transpacífico, siguiendo órdenes precisas, tanto en la metrópoli como en las colonias hispanas (además del traspaso ocasional a otros ámbitos, como el británico en el continente asiático, donde llegaron equipos médico-sanitarios españoles).

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Hay que constatar que hubo tentativas previas de “variolización” por inoculaciones —aunque nunca fuesen populares realmente— con un método poco garantizado de contagio inducido, en España y los territorios americanos de la Corona española, desde 1722 (aunque tal método de intervención de la epidemia, no fuese practicado realmente hasta el último tercio del s. XVIII).[2] En América, a medida que se producían brotes epidémicos periódicos, también hubo variolizaciones esporádicas: entre 1756–57 y de nuevo, 1782 y 1796 (Bogotá);1765 (Santiago de Chile); 1766 (Caracas); 1777 y 1797 (Lima); 1779 y 1797 (México); 1780 y1794 (Guatemala); 1792 (Puerto Rico); 1797 (Paraguay); aunque con fracasos notables en todas aquellas tentativas [3]. Hasta que llegó la invención del método de inoculación del médico británico Jenner, mediante introducción en las personas de variedad benigna de linfa de viruela que inmunizaba frente al vacilo. Una versión abreviada de su método y encuesta de 1798, apareció divulgada en el ámbito español por el Semanario de Agricultura y Artes en 1799; y mientras se practicaban vacunaciones siguiendo esta metodología [4], desde 1800 (en Madrid, Cataluña, Navarra y el P. Vasco), fueron publicados desde 1801 docenas de informes, tratados y boletines, en los que se traducían informaciones sobre esta vacuna de la viruela; siendo intensamente seguidas también por sueltos y editoriales de prensa de periódicos, que entonces tenían alguna circulación (en España y América, donde se sabe que también atrajo la atención y fueron leídos con atención). De forma que ya en marzo de 1803 y frente a dificultades de traslado de la vacuna a América- el mismo rey, en cuya familia había habido contagios, encareció a su Consejo de Indias la valoración de un sistema de transporte efectivo y asequible de linfa de vacuna, de España a América y el Pacífico. Como consecuencia, tuvieron lugar los preparativos y la organización de una Expedición de la vacuna de la viruela, que debía partir de la Coruña hacia el Caribe, así como arbitrar un sistema planificado de vacunaciones desde el equipamiento metropolitano.

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Una afortunada selección técnica del equipo médicosanitario, así como una opción práctica de creación de reservas de linfa a través de grupos de niños, con traspaso de vacilos atenuados de viruela, mediante la trasmisión brazo a brazo; así como la previsión de periodos de incubación en los pequeños, de defensas y reservas de vacuna resultaron una solución asequible, para el traslado y la renovación de reservas de vacuna en largos viajes y en distancias continentales. Como afortunado fue el especial tino de las autoridades metropolitanas, para seleccionar el jefe de la expedición científica el médico cirujano Francisco Xavier de Balmis y Berenguer y sus auxiliares: el cirujano José Salvany Lleopart; el médico-cirujano M. Julián Grajales Gil de la Serna y el cirujano Rafael Lozano Pérez. El resto del equipo expedicionario de siete sanitarios de apoyo de médicos, enfermeros, practicantes y rectora de huérfanos, para el cuidado del grupo de niños de reserva de vacuna desarrolló tareas de entrenamiento de sanitarios y médicos locales, así como llevó el control de vacunas e inoculaciones en poblaciones y áreas extensas y remotas de Ultramar. Todo el plantel sanitario de la Expedición de la Vacuna, no solo estuvo expuesto a riesgos y accidentes u otras incidencias sanitarias en remotas latitudes, sino que a menudo se encontraron inmersos en los conflictos y luchas por la independencia de los pueblos, así como algunos de ellos perecieron o se quedaron para siempre en los territorios coloniales o independientes. Pero el despliegue médico- sanitario que llevó a cabo la Expedición de la Vacuna marcó un hito en las campañas antiepidémicas a partir de entonces, precisamente por el adelanto de sus previsiones organizativas, de medios, de personal, por la concientización, divulgación e implicación masiva de poblaciones hasta los confines hispánicos y más allá, hacia otras culturas.

La maquinaria del Estado imperial en España fue reclamada para diseñar toda una organización preventiva y expedicionaria de vacunas. Comenzando por las altas Secretarias de Estado borbónicas, cinco áreas departamentales del gobierno metropolitano Estado, Finanzas, Armada, Guerra, Gracia y Justicia (hoy diríamos Beneficencia y Justicia, que incluía asuntos sanitarios) se pusieron a trabajar en: la preparación material de la Expedición, sustentada inicialmente en navíos de la Armada; en prevenir la vigilancia o inspección, desde varias ramas de gobierno; pagar gastos de expedición y salarios simultáneos, en España y Ultramar en cualquier lugar donde los agentes desarrollaban misiones; en la apertura de líneas de crédito hacia donde se hiciera necesario; solicitar proposiciones y ofertas desde diversos ámbitos, e incluso prever evaluaciones por expertos del desarrollo expedicionario, con capacidad de modificar los planes para proyectos. Todo ello, doscientos años antes de la globalización actual, y con vigilancias y controles: técnicos por ejemplo, sobre la Junta de Cirujanos de Cámara del Rey o administrativos y de gestión como desde el Consejo de Indias que podían pedir o emitir informes, desde las autoridades coloniales al centro metropolitano[5]. Mientras que, una vez aprobado el proyecto expedicionario y asumido su coste con Francisco Xavier de Balmis como director, en junio de aquel año, éste propuso una ruta expedicionaria de la vacuna hacia el Caribe y México, seguido de un curso marítimo hasta Lima y una bifurcación con expediciones terrestres hacia Quito, Chile y Buenos Aires; para continuar después el curso expedicionario hacia Filipinas. Un plan sistemático el de Balmis que detallaba la logística y los servicios médicos y de enfermeros del equipo; y estaba dirigido a cubrir tres objetivos: vacunación general y libre de costes para las poblaciones; entrenamiento de médicos o sanitarios locales y administración correcta de la vacuna; junto con la organización central y regional de Juntas de Vacunación en los distintos territorios, que preservasen y distribuyesen la vacuna, además de llevar bien ordenados registros de inmunizaciones en poblaciones, para posterior investigación[6]. Por su parte, las autoridades en las colonias españolas en América y Asia recibieron órdenes de proporcionar apoyo logístico a la Expedición e informar a las poblaciones sobre los beneficios de la vacuna e impulsar vacunaciones. Resultó increíble que el gobierno español entonces, con problemas políticos y económicos que soportaba en 1803, tanto como por la lentitud de comunicaciones como por los conflictos en mar y tierra, pudiese distribuir con tal éxito la vacuna a través del mundo.

Un curso expedicionario de vacunas e inmunizaciones, a escala global entre continentes:

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Disponiendo de un Imperio planetario como era el caso de España, el proyecto científico fue nada menos que el de anticiparse y poner a salvo la salud entre continentes, de amplios sectores de la población de fines del s. XVIII y comienzos del s. XIX, amenazados por la propagación acelerada del vacilo de la viruela. Promoviendo inmunizaciones a base de vacunaciones, pero también fomentando la institucionalización de medidas sociales, institucionales y médicosanitarias, a medida que iban avanzando los equipos científicos en los distintos escenarios americanos y asiáticos. Y todo ello, como resultado del esfuerzo de una expedición financiada por el Estado y sostenida por la Armada real, así como las autoridades coloniales: que fueron progresivamente implicadas, desde la llegada de los barcos con las dotaciones médico sanitarias, previendo “reservorios” de vacilos en grupos de niños inoculados, y las instrucciones institucionales protocolos de vacunación y actuación convenientes. Desde el 30 de noviembre de 1803 fecha en que Balmis y sus equipos zarparon de la Coruña en la corbeta María Pita en ruta hacia América y después de las primeras escalas, desde Canarias a Puerto Rico, llegaron a Venezuela. Cuando se producía una entusiasta colaboración de autoridades civiles y eclesiásticas, así como la receptividad de poblaciones iba siendo ganada, se producían vacunaciones en masa; como en marzo de 1804 y la Expedición Balmis en Venezuela: con 12.000 vacunaciones en menos de un mes, fue acompañada de un entrenamiento pormenorizado de médicos, así como distribuciones de vacuna a ciudades y regiones alejadas, junto a la creación de la primera Junta Central de Vacuna, que sirvió de modelo a otras en la América española [7]. La Expedición con sus linfas de vacuna en reservas y traspaso entre grupos de niños portadores, llegó a México con el propio Balmis a la cabeza de un grupo; e incorporó la vacuna en el virreinato de la Nueva España (México), con Antonio Gutiérrez, sus sobrinos Antonio y Francisco Pastor Balmis (los Pastores: practicante y enfermero, respectivamente), Pedro Ortega, Ángel Crespo (enfermeros: muerto el primero en Manila, en 1806; el segundo en México, hacia 1850), la rectora Isabel Zendala y los niños embarcados en España (junto a sustitutos recientes desde Venezuela). Este grupo de niños huérfanos que habían sido portadores de la vacuna –llevados desde Galicia- fueron reemplazados por otro grupo autóctono y asentados aquellos en el Real Hospicio de Pobres de México capital (y la mayoría de ellos adoptados por maestros y comerciantes allí). Entre junio de 1804 y febrero de 1805, Balmis y ayudantes entrenaron a médicos de México capital y vacunaron a poblaciones propensas de pequeñas ciudades y muchas de las mayores de Nueva España: desde Mérida y Veracruz en el Este a Guadalajara en el oeste o Durango en el norte. Extendiéndose la campaña hacia misiones secundarias en Tabasco, Oaxaca, Chiapas o Guatemala, y misiones locales que alcanzaron pronto los confines del norte y noreste, en Sonora, Chihuahua y Texas. La red de juntas de vacuna y centros clínicos de vacuna extendieron las inmunizaciones al menos a 100.000 vacunados en México, y la mayoría de niños (del grupo de edad más susceptible a la viruela)[8]. Pero necesitaron tal dedicación de expedicionarios, que el médico-cirujano Antonio Gutiérrez y el enfermero Ángel Crespo, o la rectora de niños de vacuna Isabel Zendala, se quedaron en México de modo definitivo. Siendo los retornos a España infrecuentes: por muerte de expedicionarios en aquellas tierras o circunstancias de supervivencia; salvo los casos de Balmis y sus sobrinos, vueltos a España desde Filipinas y Macao en China en 1810 o más tarde, otro médicocirujano asistente de Balmis, Julián Grajales, que volvería a España desde Sudamérica en 1824.

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La sub-expedición dirigida por Balmis, una vez considerados alcanzados los primeros objetivos en México, decidió trasladarse por el Pacífico hacia Extremo Oriente, con su operativo de 26 niños mexicanos —aunque con compensaciones monetarias a sus padres y la promesa de su retorno— como reservorios de vacuna, en febrero de 1805. Con una travesía desde Acapulco (costa occidental de México) hasta el archipiélago de Filipinas, la sub-expedición tuvo un curso casi dramático, de malas condiciones de navegación hacinamiento, raciones míseras, etc. que solo salvaron la generosidad de miembros del pasaje y el rápido curso del viaje. Con su llegada a Manila en abril de 1805, se movilizó un inmediato plan de vacunaciones desde el primer día de la llegada expedicionaria, bajo el comisionado Antonio Gutiérrez para dirigir los trabajos en el Archipiélago. Mientras Balmis abandonó pronto Manila por motivos de salud, componentes del equipo expedicionario se internaron a través de las islas, además de las más importantes, Cebú, Mindanao y las Visayas (allí alcanzaron la cifra de 20.000 vacunaciones). Al tiempo que se fundaba una Junta de Vacuna en la capital, Balmis se embarcó para llegar al continente asiático e iniciar una campaña de vacunaciones en China, empezando desde la colonia portuguesa de Macao (donde ese mismo año, se había anticipado y perdido una primera remesa de vacuna que fue restablecida; al igual que Balmis constituyó allí una Junta de Vacunación, encargada con la de Manila de abastecer otras zonas)[9]. En Guanzhou (Cantón, China), incluso sin apoyo de la Compañía Real de Filipinas, Balmis encontró la colaboración de la británica Compañía de la Indias Orientales: un apoyo que permitió hacer avanzar allí la campaña de la vacuna, en octubre de 1805; justamente cuando ambas armadas la británica y la francoespañola se enfrentaban en Occidente en Trafalgar. Para encaminarse Balmis en 1806 a través del Índico, y por el Atlántico de vuelta a España, hacer una pequeña escala en la isla británica de Santa Helena en junio de 1806; para llegar a Lisboa en agosto de ese año y ser recibido con todos los honores por Carlos IV en la corte en septiembre.

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Antes de que el equipo filipino y asiático de Balmis volvieran a España en 1806 o a México en 1807, la otra sub-expedición, bajo la dirección del subdirector José Salvany y su equipo, llevaron la vacuna por Sudamérica, desde Colombia, y Ecuador, a Perú y Bolivia, hasta la Patagonia chilena. Salvany se internaría en los virreinatos de Nueva Granada, Perú, y del Rio de la Plata (en el Alto Perú), acompañado por sus auxiliares Grajales, Lozano y Bolaños, así como cuatro chicos venezolanos que servirían como primeros eslabones de una larga cadena, de grupos sustitutorios de niños y reservas de linfa hacia Sudamérica. En una ruta expedicionaria terrestre, mucho más intrincada que la de su jefe y mentor, Salvany condujo su equipo por ríos, traspasó difíciles cumbres en largas caminatas por terrenos agotadores, a lomos de caballo, acémilas o a hombros de porteador y bajo duros climas recorrió territorios inmensos e inhóspitos, en plena efervescencia; hasta enfermar el propio Salvany pero sin apenas descanso quedar involucrado en las luchas independentistas (que comenzaron a generalizarse en los virreinatos sudamericanos desde 1809). Las dificultades expedicionarias para el equipo de Salvany llegaron al dejar Cartagena en el mar Caribe y comenzar, en mayo de 1804, a remontar el río Magdalena en Colombia: enfrentándose a un azaroso curso, la subexpedición hubo de sortear rescates de pasajeros y vacunas; enfrentando además rebrotes de viruela y división a menudo del grupo expedicionario para llegar a ciudades, pueblos y villorrios perdidos, con frecuencia asistidos por frailes misioneros. Así alcanzaron Bogotá en diciembre de 1804 y en medio de la campaña hasta ocho sesiones de vacunaciones, establecieron una red de juntas de vacuna, para prevenir la viruela y la fiebre amarilla en el virreinato de Nueva Granada. Cuando en mayo de 1805 el equipo de Salvany y su grupo de infantes con reserva de vacuna cruzaron los Andes hacia el sur, se encontraron nuevamente en interminables sesiones de vacunación, entrenamientos de médicos locales y organización de juntas de vacuna; multiplicando esfuerzos del equipo de la sub-expedición, desde Neiva, Popayán (mayo de 1805), Pasto, Ibarra y Quito(julio de 1805), en la capitanía de Ecuador. Para pasar a las tierras del virreinato peruano, desde Ambato, Riobamba y Cuenca (octubre de 1805), Loja y Piura (diciembre de 1805), por Trujillo, Lambayeque, Cajamarca y Lima (mayo de 1806) en el Perú. Aunque se encontrasen en la capital del virreinato Peruano con la llegada en una remesa de vacuna desde Buenos Aires anticipada cerca de un año antes (agosto de 1805) en la forma de linfa seca de vacuna (que a finales de 1804 llegó a Bahía de Brasil, para pasar entre mayo y agosto de 1805 a Río, Montevideo y Buenos Aires)[10]. Con una gran contrariedad para Salvany enfadado por encontrar una distribución de vacuna tan aleatoria, a la que estaban extrayendo beneficios: con médicos locales que se lucraban, además de cargar sus gratificaciones por vacunaciones sin embargo pudo incrementar aún su crédito, y presentar en noviembre de 1806 su tesis doctoral, en la Universidad de San Marcos de Lima.

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Una vez desarrollado su campaña en el centro del virreinato, José Salvany y su equipo prosiguieron los trabajos de la sub-expedición hacia el sur, internándose en el Alto Perú y el Altiplano boliviano. Saliendo hacia Cuzco, Ica, Nasca, y Arequipa a donde llegó el grupo, en septiembre de 1807 se detuvieron un año después en Puno, para recuperar su salud por un ataque al corazón de Salvany, frente a las orillas del lago Titicaca (septiembre de 1808). Al tiempo que sus auxiliares, el médico-cirujano Julián Grajales y el enfermero Basilio Bolaños, llevaban en diciembre de 1807 los trabajos de la expedición a Valparaiso; y extendieron en un recorrido continuo norte-sur los esfuerzos de la sub-expedición y sus trabajos por la costa pacífica hasta Chiloé (en la Patagonia chilena, enero de 1812). Mientras el director de su grupo Salvany continuó a fines de 1808 por los territorios del virreinato de Buenos Aires; cuando efectuó su informe en La Paz en marzo de 1809 daba cuenta de haber realizado en el Perú hasta 200.000 vacunaciones. Y no obstante incluir certificado médico de su muy precaria salud, todavía perfiló planes para continuar la expedición. Cuyo curso sin embargo concluyó para Salvany con su muerte en Cochabamba (actual Bolivia), el 21 de julio de 1810; después de haber efectuado la aplicación de los planes expedicionarios encargados por su director, a lo largo de unos cuatro mil km. del continente suramericano [11]. Mientras unos de sus auxiliares, el cirujano Rafael Lozano Pérez, quedó solo en los Andes peruanos, entre 1807 y 1809 (el último dato es de Cuzco ese año). Pero todavía cuatro años después, y metidos en las vorágines independentistas de territorios centrífugos de la corona española en América, los supervivientes de la expedición Grajales y Bolaños volvían en 1812, desde el extremo sur de Chile al puerto del Callao en Lima[12].

Desde hacía dos años, en 1810 y también devorada España por la lucha independentista frente a Napoleón, el director expedicionario Francisco Balmis que fue nombrado inspector general, en España e Indias, de la vacunación de la viruela fue enviado de nuevo a América. Llegando a México aquel año, Balmis se internó en el país que había perdido la vacuna de la viruela de las campañas anteriores a la búsqueda de una linfa indígena de vacilos de vacuna, para reintroducirla en la Nueva España. Siendo el propio Balmis quien avisó y reclamó contra los preparativos insurreccionales de independentistas, que el 16 de septiembre de 1810 iniciaban las luchas por la independencia mexicana. Y el veterano médico tuvo que regresar precipitadamente desde Morelia (Valladolid de Michoacán entonces) a México capital. Para encontrarse de nuevo metido en plenas hostilidades en agosto de 1811: mientras Balmis esperaba en Xalapa para llegar al puerto de Veracruz, la región fue invadida por independentistas; y resultó único posible interlocutor, entre defensores civiles lealistas a la corona e insurgentes heridos y cautivos.

Finalmente, en 1813 pudo retornar a España; para ser nombrado, en 1815, cirujano de cámara por Fernando VII y académico de Medicina, en 1816; muriendo en Madrid de sesenta y cinco años, el 12 de febrero de 1819[13]. Mientras en el otro extremo sudamericano, el último superviviente de la Expedición de la Vacuna inicial, el médico cirujano Manuel Julián Grajales, en Chile tuvo que improvisar una vida supletoria: el que fuera primer asistente de José Salvany en la Expedición de la Vacuna, fue capturado por los insurgentes chilenos en 1813, y obligado a incorporarse como médico militar a sus unidades; permaneciendo en Chile hasta 1824; momento en el que con su vuelta a España continuó su carrera como cirujano militar hasta 1847 (y luego hasta su muerte, en 1855). Aunque el enfermero que le acompañaba en la Expedición, estuvo datada su permanencia en Santiago de Chile, en 1814[14]. Siendo muy verosímil que ninguno de los miembros de las dos sub-expediciones se volvieran a encontrar, los dos grupos expedicionarios fueron desde su separación independientes, pero habitualmente procedieron casi similarmente. Con independencia de tener alguno de los expedicionarios muerto en acto de servicio (Pedro Ortega en Manila, José Salvany en Cochabamba, Bolivia), desde su separación en el Caribe americano ambos grupos podrían haberse desviado por igual del plan original de la Expedición. Principalmente, por difíciles circunstancias encontradas en su curso expedicionario: no tanto frente a políticos locales, sino por estallidos de viruela o determinantes de estructuras geográficas, rutas y paces en territorios donde se encontraron cumpliendo su misión científica.

Lo que impresiona todavía de aquella hazaña científico-sanitaria, no es solo el desenvolvimiento de la Expedición Balmis entre la limitación de medios, las posibilidades también limitadas y lentas del sistema de transportes de la época, o la precariedad o voluntariedad de poblaciones tan distantes y distintas para el acceso y la propagación de la vacuna de la viruela. Lo que sorprende aún más, es que los diez años del proyecto expedicionario se llevasen a cabo pese a todo y su enormidad, en medio de una época turbulenta como pocas la de las guerras napoleónicas y el arranque independentista en la Península y sus colonias ultramarinas; con peligros y acciones piráticas, guerras navales o persecuciones en los mares, por navíos ingleses o franceses (las otras dos grandes Marinas de la época: sitúese el lector en el ambiente enrarecido, de encuentros, guerras navales, o refriegas de flotas en todos los mares en la época de Trafalgar); o bien, en medio del dislocamiento y los desafíos de las sociedades coloniales, empeñadas en sus procesos independentistas. Como se ha llegado a comprobar, en las actividades de prevención de la viruela en México entre 1797 y 1840 o en S. Luis de Potosí desde 1805 a 1821 contrariamente a lo esperado, los servicios de vacunación no fueron una rápida víctima de las guerras por la Independencia (la vacunación fue constatada que continuó en San Luis de Potosí, aunque irregularmente, hasta 1821; con el salvamento de toda una generación de niños en Guanajuato, Mexico, triunfaron en la preservación de la vacuna y evitaron epidemias durante 25 años después de la llegada de la Expedición Balmis). Pero la Expedición de Balmis de la vacuna frente a la viruela representó y fue de hecho la primera campaña de vacunación mundial, con todas las características de un tal proyecto moderno: fue centralmente planeada y ejecutada por personal especializado, asignado exclusivamente a ese cometido, con objetivos que incluían una amplia difusión, a corto plazo entre poblaciones y áreas geográficas, y una institucionalización a largo plazo de los servicios de vacuna, en escenarios imposibles americanos, pacíficos o asiáticos.

“Una primera campaña con proyección mundial de vacuna antiepidémica. Resultados médico-sanitarios y de preservación de sociedades hispánicas.”

Aunque la hazaña a lo largo de mares y continentes, ejecutada por un equipo español médico-sanitario, acompañado de grupos de niños portadores de vacilos de vacuna, centró la atención de cronistas y estudiosos en un número de ocasiones, sin embargo no ha alcanzado aún de modo integral trabajos comprensivos y abarcadores: acerca de lo que supuso como proyecto organizado, dotado de objetivos fuertes, métodos y logros consistentes y contrastados, de su ejecución en un sinnúmero de situaciones sociales y culturas locales o regionales; de sus vicisitudes y alcances históricos. Y sobre todo la Expedición Balmis no ha generado suficientes estudios, como un precedente de las modernas campañas de vacunación masiva. Justo en los términos que caracterizó a la Expedición Balmis de la Vacuna de la Viruela en 1969 el historiador médico venezolano Ricardo Archila, como “una de las pioneras entre las medidas sanitarias a escala internacional, que se distingue por ser la primera [centralmente] dirigida, y como campaña sistemática con consideraciones epidemiológicas”. Siendo efectivo que, a partir de 1804 a solo seis años de la publicación del descubrimiento de Jenner en Inglaterra y en gran parte gracias al proyecto expedicionario de Balmis, reservas de linfa de vacuna de la viruela comenzaron a extenderse por Europa y alcanzaron América, India, China, las Indias Orientales, y Australia; a través del alcance o impacto de iniciativas o agentes gubernamentales, de sociedades e iniciativas individuales. Y aunque desde 1800, Gran Bretaña estaba introduciendo en su ejército y armada e incluso en territorios coloniales, como la India: fue una de los primeros viajes de la vacuna, al embarcarla hacia Baghdad y Basora hasta India, donde llegó en 1802 el traslado de linfa y vacunación de viruela eran muy diferentes operaciones a las campañas de inmunización de la sociedad civil (y de hecho, vacunaciones masivas de indios civiles estarían más en la naturaleza de una campaña como en la Expedición española). Una comparación extensa de la mezcla entre factores políticos y sociales, creados en ambos proyectos médico-sanitarios con las introducciones de la vacuna por británicos y españoles enfrentadas en sus respectivas y casi coetáneas experiencias, nos llevarían a muy diferentes contextos (en parte, con implicaciones económicas y casi-religiosas diferentes en la India: donde la viruela era un mal antiguo y persistente o en Australia británica; comparados ambos casos con la débil resistencia encontrada en la América Hispana). Y no fue inicialmente concebida allí como una campaña organizada y más en un primer alivio; planteada como una entrega individual y de contactos locales, más que operando de un modo oficial[15]. Aunque en otras partes en Europa y dominios británicos fuera de ella la vacuna contra la viruela fue introducida, incluso con ligera antelación en algún caso a la implantación de la misma en el imperio hispánico de Ultramar, no cabe duda de que la implantación preventiva de la vacuna en otros continentes tuvo un impulso decisivo gracias a España y su capacidad organizativa y médica. La vacuna fue introducida por los británicos en sus ejércitos y armada naval en 1800 no fue efectiva, por obligatoriedad hasta 1802 en el ejército; o hasta 1811 en su armada mientras masas de población autóctona extra-europea en años se mantuvieron lejanas a la vacuna de la viruela (p. ej. En la India, donde había sido introducida en 1802). Para entonces, gran parte de las sociedades autóctonas del imperio hispánico estaban ya adquiriendo inmunizaciones gracias a campañas sin pausa de la Expedición Balmis desde España. Llegando a evaluarse solo hasta 1812 en más de medio millón de vacunaciones; pudiendo alcanzar una tercera parte más, las realizadas directamente por los equipos expedicionarios españoles entre América y Extremo Oriente[16]. En cualquier caso, la protección que la Expedición proporcionó a cientos de miles de vacunados respecto a la infección o la viruela más severa para la época pude considerarse un logro espectacular (aún careciendo de cuadros estadísticos completos de vacunaciones, de poblaciones totales o de proporciones de población susceptible; de frecuencias de vacunación por clases y razas o de frecuencias de casos de viruela en los años siguientes, con los que valorar los resultados últimos de la Expedición).

Expuesto en términos modernos, los resultados (de decisiones u opciones elegidas, a partir de implantaciones expedicionarias) del curso emprendido por la Expedición de la Vacuna de la Viruela, con la ejecución del proyecto de Balmis fueron: los que tuvieron que ver con la calidad de la vacuna y la seguridad sanitaria (de carácter clínico); los relacionados con los fondos previstos, centralización, especializaciones de equipos, institucionalización de sus iniciativas, que harían viables las sesiones de vacunaciones (o de articulación de administración sanitaria); los que tuvieron que ver con una cobertura extensa, y vigilancia de la enfermedad, a través de territorios (con relación al orden epidemiológico); en fin, el carácter de la protección de vacunados y su consentimiento al tratamiento (que guardaban relación con un orden ético)[17]. Algo que fue característico desde aquella Expedición, y que desde entonces se puso en práctica de forma crucial, fue la comparación en las vacunaciones entre vacunaciones locales y las efectuadas por la campaña de la Expedición para probar la eficacia de las inmunizaciones (con la falsación por comparación, acerca de la eficacia de la vacuna administrada con protocolos o prototipos diferentes, en intentos distintos: determinando desde las poblaciones, paciente a paciente y según resultados, qué persona resultaba inmune a la viruela y cuál presentaba reacción típica a la vacuna, que probaba la ineficacia de una inoculación anterior). Con la introducción de su idea comparativa de vacuna e inmunización real en pacientes concretos, Balmis desde entonces dio un paso de importancia crucial en cada campaña de vacunación. Hay que considerar que se trató de un proyecto de vacunación llevado a cabo con un nuevo método que no requería la inmunización de toda la población susceptible por una Expedición itinerante, en fases sucesivas de cobertura (para que la vacuna se conservara eficaz, mediante la transmisión brazo a brazo)[18].

En el contexto histórico en que se desarrolló la Expedición de la Vacuna de la Viruela, hubo fuerzas sociales con nuevos actores sociales, como técnicos sanitarios, funcionarios y consumidores y físicas, que proporcionaron asistencia o resistencia para la adopción del nuevo sistema (que requería la multiplicación de técnicos y equipos de vacuna). Pero el desarrollo de la campaña de vacunación produjo una clara transferencia tecnológica muy destacada para su director, Balmis como en las modernas campañas, con cuatro secuencias temporales: decisión de proceder e intervenir con un nuevo método en el curso de la epidemia (como atestiguan múltiples esfuerzos, tanto en el centro metropolitano como en las periferias, incluso de importar la vacuna antes de la llegada de la Expedición); adquisición de destrezas y experiencias válidas (incluidos equipos adecuados, guías y aprendizaje correctos, a través de obras científicas y divulgativas, como las traducciones de Moreau por Balmis, asegurando la estricta adopción de las prácticas de Jenner); innovación o primer uso local de protocolos de vacunación efectivos; difusión de la vacuna en poblaciones y territorios, replicando la innovación por encima de tiempos y geografías diversas. Estando además marcada la campaña por una tensión severa, a medida que avanzaban los últimos años, por conflictos entre los nuevos actores sociales de la vacuna y la sociedad jerárquica colonial o en ebullición independentista (en cuyas luchas, la campaña expedicionaria de la vacuna y la misma vacuna fueron una de sus víctimas en algunos territorios coloniales). Aunque se constató que los equipos expedicionarios españoles anotaron cuidadosamente el número de vacunaciones; midiendo procesos y atajando ocasionalmente el control de brotes álgidos y repuntes de la enfermedad; con la protección consiguiente de viruela severa de cientos de miles de vacunados.

Bibliografía:

 [1] Cfr. Alejandro R. Diez Torre, Tomas Mallo, Daniel Pacheco Fernandez, and Angeles Alonso Flecha, coords., La ciencia española en ultramar. Actas de las I Jornadas sobre Espana y las expediciones cientificas en America y Filipinas, Madrid-Aranjuez, Ateneo de Madrid-Doce Calles, 1991; Alejandro R. Diez Torre, Tomas Mallo, y Daniel Pacheco Fernandez, coords., De la ciencia Ilustrada a la ciencia Romántica. Actas de las II Jornadas sobre Espana y las expediciones cientificas en America y Filipinas Madrid-Aranjuez, Ateneo de Madrid-Doce Calles, 1995.

 [2] Cfr. en Arnold C. Klebs, “The Historic Evolution of Variolation,” Bulletin of Johns Hopkins Hospital,1913, 24 : 69–83

 [3] Cfr. en Francisco Guerra, Epidemiología americana y filipina, 1492–1898, Madrid: Ministerio de Sanidad y Consumo, 1999: 379, 389, 393, 396, 408, 414, 419, 424 y 429; asi como vid. Marcelo Frias Nunez, Enfermedad y sociedad en la crisis colonial del Antiguo Régimen. Nueva Granada en el transito del siglo XVIII al XIX: las epidemias de viruelas, Madrid, CSIC, 1992: pp. 66–68 (especialmente, Bogota); Tambien vid. Juan B. Lastres, La salud pública y la prevención de la viruela en el Perú, Lima, Ministerio de Hacienda y Comercio, 1957: pp. 39–45 (especialmente, Chile y Peru).

 [4] Vid. Luis S. Granjel, Historia de la medicina española, Barcelona, Sayma, 1962: 115.

 [5] Vid. Jose Antonio Escudero, Los cambios ministeriales a finales del antiguo régimen, Sevilla, Universidad de Sevilla-Tusquets, 1975: 9, 35–37. Francisco Javier Puerto Sarmiento, Ciencia de cámara. Casimiro Gómez Ortega (1741–1818), el científico cortesano, Madrid: CSIC, 1992.

 [6] Cfr.en Michael M. Smith: “The ‘Real Expedicion Maritima de la Vacuna’ in New Spain and Guatemala,” Trans. Am. Philos. Soc., 1974, 64 : 1–74, esp. pp. 13–16 (n. 15).

 [7] Vid. Ricardo Archila, “La Expedicion Balmis en Venezuela [Parte I],” in IV Congreso Panamericano de Historia de la Medicina, Guatemala, Ministerio de Educacion, 1970: 171–203 (esp. 173). Tambien, Jose Esparza y German Yepez Colmenares: “Viruela en la Venezuela colonial: epidemias, variolizacion y vacunacion,” en Susana Ramirez, Luis Valenciano, Rafael Najera, y Luis Enjuanes: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna: doscientos años de lucha contra la viruela, Madrid, CSIC, 2004: 41–60; 89–119.

 [8] Cfr. en M. M. Smith, “The ‘Real Expedicion’”: 22–23; 49. y Patricia Aceves Pastrana y Alba Morales Cosme: “Conflictos y negociaciones en las expediciones de Balmis,” Estudios Históricos Novohispanos 1997, 17 : 171–200.

 [9] Cfr. en Isabel Morais: “Smallpox Vaccinations and the Portuguese in Macao,” Review of Culture, 2006, 18 : 113–24. Vid. tambien, Susana M. Ramirez Martin, La mayor hazaña médica de la colonia. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito, Quito, Ecuador, Ediciones Abya-Yala,1999), p. 287.

 [10] Al parecer, hubo tentativas de transporte de vacuna desde Brasil a Angola en Africa, que no fructificaron hasta 1819, segun constataron Dauril Alden y Joseph C. Miller: “Out of Africa: The Slave Trade and the Transmission of Smallpox to Brazil, 1560–1831,” Journal of Interdiscip. Hist., 1987, 18 : 195–224, (esp. pp. 211–12). Vid. igualmente, Isabel Morais, “Smallpox Vaccinations and the Portuguese in Macao,” Review of Culture, 2006, 18 : 113–24; y S. M. Ramirez Martin, La mayor hazaña…: 323

 [11] Vid. Miguel Parrilla Hermida: “Biografia del Doctor Jose Salvany Lleopart,” Asclepio, 1980, 32 : 303–10.

 [12] Cfr. en Susana M. Ramirez Martin: La mayor hazaña médica de la colonia. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito Quito, Ecuador, Ediciones Abya-Yala,1999: 419.

 [13] Cfr. en Susana M. Ramirez Martin, La mayor hazaña médica…: 287.

 [14] Cfr. en Enrique Laval Manriquez, “La viruela en Chile”, Anales Chilenos de Historia de la Medicina, 1967 1968; 9–10: 203–76 (esp. 276).

 [15] Vid. Peter Razzell: The Conquest of Smallpox: The Impact of Inoculation on Smallpox Mortality in Eighteenth Century Britain, Firle, Sussex: Caliban Books, 1977, pp. 133, 23. Tambien, Catherine Mark y Jose G. Rigau-Perez, su trabajo “The World’s Firts Inmunization Campaig: the Spanish Smallpox Vaccine Expedition, 1803-1813”, en Bulletin of the History of Medicine, The Johns Hopkins Univ. Press vol. 83, 1 (2009): 85.

 [16]Cfr. en Michael M. Smith: “‘The Real Expedicion Maritima de la Vacuna’ in New Spain and Guatemala,” Trans. Am. Philos. Soc., 1974, 64 : 1–74; p. 49 (y n. 15). En Nueva Espana (Mexico), por ej. se calcula que unos 100.000 vacunaciones fueron efectivas en el periodo de la Expedicion (un 20% de las que podrian haberse beneficiado de la vacunacion). Mientras que Grajales por si mismo –en la Subexpedicion de America del Sur dirigida por Salvany- comenta haber alcanzado personalmente las 400.000 vacunaciones en un decada, desde el Caribe a la Patagonia.

 [17]Vid. Emili Balaguer i Perigüell: “La historiografia cientifico- medica sobre Balmis y la Real Expedicion Filantropica de la Vacuna,” en La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna: doscientos años de lucha contra la viruela, ed. Susana Ramirez, Luis Valenciano, Rafael Najera, and Luis Enjuanes, Madrid: CSIC, 2004, pp. 41–60.

 [18]Vid. Susana M. Ramirez Martin: La mayor hazaña médica de la colonia. La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en la Real Audiencia de Quito, Quito,Ecuador: Ediciones Abya-Yala,1999; asi como Jose Tuells y Susana M. Ramirez: Balmis et Variola. Sobre la Derrota de la Viruela, la Real Expedicion Filantropica de la Vacuna y el esfuerzo de los Inoculadores que alcanzaron el final del azote, con observaciones particulares al periplo vital Balmasiano, Valencia, Generalitat Valenciana, 2003. Tambien vid. de Catherine Mark y Jose G. Rigau-Perez, su trabajo “The World’s Firts Inmunization Campaig: the Spanish Smallpox Vaccine Expedition, 1803-1813”, en Bulletin of the History of Medicine, The Johns Hopkins Univ. Press vol. 83, 1 (2009).63-94.

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